Cuento: "cachitos"

Letras Libres
11 Febrero 2020
Cuento: "cachitos"

 

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. Aunque por alguna razón, no le era sorpresiva la noticia que Patricia trataba de transmitirle mediante una gritadera digna de un incendio en un multifamiliar. Entre una luz que apenas dejaba un dibujo rudimentario de siluetas en la penumbra, y en un cuarto que permanentemente olía a gasolina y meados de gato, la voz chillona de su hermana le corroía los oídos híper sensibilizados por el efecto de la tacha de media noche que pasaba a cobrar factura en un cuerpo que era más cercano a los 40 que a los 27 que en realidad tenía.

Aturdido, de pronto estaban en el recuerdo de Inocencio aquellos gritos de la agente de la patrulla fronteriza que en abril del 2018 le concedió como regalo de cumpleaños una fisura de húmero que nunca se atendió.

-¡Reacciona pendejo!.... ¡¡¡el número de tu cabrón billete es el mismo que el que acaba de dar el Gómez Ceiba en el radio!!! Ya chinga..

-¡¡Pinche Pata!!, ya te dije que no oigas a ese culero.

En ese pensamiento de obligado rencor contra el periodista, se coló un segmento minúsculo del recuerdo moderadamente traumático de su episodio de ilegal.

-¡Que pinche bota tan dura!- Con esas palabras, Inocencio Zaragoza le daba la bienvenida a la grieta ósea y al hematoma palpitante que una supremacista racial de Arizona le propinó en el Centro de Detención de Eloy en Phoenix. Tirado en el piso, (que casualmente también olía a meados pero de humano deshidratado) sentía cual carbón encendido la lesión que a la agente Paulus le daba una hilaridad que rayaba en la excitación.

Inocencio volvió en sí al despegar el párpado izquierdo y sentir así invasivo, un rayo de luz colado entre el poster del taller de motos que debajo de su ventana contribuía a ese coctel olfativo al cual la familia Zaragoza Pech ya estaba acostumbrada.

-A ver Pata, cálmate flaca, ¿qué pedo?.

-Pues que en lo que cambiaba a la niña prendí el radio de Bula, y dieron el número que ganó el avión. Yo creía que ya habías perdido el cachito, pero ahí luego volteé y lo vi metido atrás de mi niña blanca en su altar y que voy, que lo agarro y a menos que ya esté re pendeja pues ese es el mismo que tienes Ino. ¡Ya chingamos!. Ai’stá ya la mañanera de mi MAGO también diciendo lo mismo.

MAGO era la palabra reverencial compuesta por las primeras letras del nombre Miguel Antonio Gómez Orador, presidente 79 de México, quién en esos momentos del país, podía afirmar que mañana iba a temblar y la gente no dormiría en sus casas rezando con creencia ciega en quien tenían depositada más que fe guadalupana.

Bula, una señora sexagenaria menuda y arrugada, que viera las primeras luces en Motul, y a quien alteraban exageradamente los gritos, le reclamaba a su vez con gritos a Pata el que su nieta Anayantzy se estaba quitando el pañal para aposentarse en el rincón de la sala y poder cómodamente hacer pipí con una naturalidad felina que tanto la enfurecía.

-¡¡Pérate maaaá!! (todavía no digas nada Ino).

En la voz de Patricia estaba escondido el miedo, la incertidumbre y las ganas de regar el chisme como confeti. Sin embargo, tenía una sensación parecida a dar un beso a quien te quita el sueño, misma que la llamaba a la prudencia.

-¿Y a quién le decimos?, neta aquí en el Hoyo no más no le fio a nadie, y menos a tu pinche chichifo mamila de novio. Ahí luego va a andar el güey regándola entre su banda y acuérdate flaca que nada más no me traen… menos el lonas y el mole, esos hasta me quieren dar piso güey.

Patricia tuvo un espasmo en el estómago ante una falla imperdonable. Después del rezo de gratitud a la Santa, lo primero que le marcó su impulso fue mandarle mensaje a Luis Chávez, torneado mozalbete iztapalapense quien desde hace meses había penetrado en la confianza de Pata y le había dedicado una parte de sus capacidades amorosas para convertirse en su universo. “Papi nos sakamoz el abion del MAGO.aora si papa veras k nos bamos a kasar rey. te veo a las 9 junto a la capiya del ceñor de chalma y cuento cotigo”. La foto anexa donde con claridad se apreciaba el número del cachito ganador era probanza inobjetable del dicho de la incauta mujer.

-Ay Ino… inchi desconfiadote, no he dicho nada

-¡A madrazos va a entender tu hija!, ahora limpias tu cabrona… ¿cuándo vas a dedicarte a tu familia carajo?. Patricia, en huida, se abrió paso y salió acelerada. La prisa de Pata era justificada en su ansia por llegar a los brazos de Luis. Ya mediaba al encuentro una cascada de mensajes del joven para pedirle que se apurara: “Lla stoy aka flaca, buelale hahaha”. No había extrañeza en el adelanto de hora; el deseo era grande y lo ameritaba. Tomó rumbo hacia la calle principal de La Joya y a la carrera llegó en pocos minutos hasta donde se avizoraba su hombre.

-¿Y para qué viene el Grillo y el Lonas con mi viejo?...

Un golpe en la nuca y oscuridad absoluta fue lo que siguió en el acontecer de la joven madre soltera.

La ausencia de Pata enervó a Doña Bula quien escuchó el sonido del golpeteo sobre la puerta que resguardaba la entrada al hogar familiar. Con una insistencia tímida por la incomodidad, volvieron a pegar con una moneda sobre el metal pintado de negro, esperando el momento que quitaran los cuatro cerrojos y les dieran el paso. Del otro lado del resguardo estaba uno de los fieles de MAGO, con la casaca-casulla de los “servidores de la patria”, en cuyo magenta deslavado Don Ernesto Miranda guardaba restos de la mayonesa del sándwich que le llevó el General DEM Mariano Rojas.

-Inooooo, soy yo, Neto.

La voz del hombre cuarentón era profunda y rasposa. Podrías decir que al grado de imponer con autoridad; cualidad que era necesaria para la entrega y selectivo adoctrinamiento de los beneficiarios del programa “chavos construyendo el mañana”, uno de los tantos beneficios sociales que puntualmente llegaban a varios “chavos” como Inocencio cada dos meses, y que eran la sonrisa y columna del gobierno de la cuarta regeneración.

Ino brincó de la cama intrigado por la presencia del mismo hombre que en abril le había entregado junto con el apoyo un sobre que contenía el cachito de lotería número 022018 de la serie 4 para el magno sorteo del avión presidencial. Llegó a tumbos a la puerta. Abrió sin dudar y vio a Don Ernesto escoltado por tres uniformados en verde.

-Felicidades Ino, mira, estos son unos amigos militares de la presidencia, ellos te van a decir cómo le vas a hacer y qué vas a decir por lo del avión.

-Compañero Inocencio, todo va a estar muy fácil si tú y tu familia hacen lo que MAGO quiere. Te vamos a llevar primero a una oficina alterna; pero primero tenemos que platicar con Bula y Paty. ¿Por qué no las llamas?. Tráete a Ana también, ya debe ser grande.

La voz pulida del General Rojas no dejaba hueco alguno para la desobediencia. En ese espacio, Ino no sabía cómo decirle que Pata ya se había escapado con rumbo desconocido.

-Pedimos tu comprensión. Esto del avión era un tema muy complicado, había que arreglar muchas cosas para que tuviéramos un solo ganador. Imagínate la que se arma si salen varios premiados. Aquí traemos la historia que vas a contar siempre con mucho reconocimiento a nuestro Comandante Supremo. Tú fuiste un afortunado perfecto.

Doña Bula apareció en el pasillo con Anayantzy de la mano. La sangre se le heló al ver a los presentes y tener la certeza de que finalmente iban a cobrarle cuentas a Ino.

El celular de Ino sonaba y sonaba con insistencia marcando en pantalla “número desconocido”. Fue tanta la molestia que tuvo que pedir un permiso sumiso y temeroso a Rojas para poder contestar en el altavoz: “oras si ya con lana perro verdad, aquí la gente sabemos todo ojete, ¿avioncito verdad cabrón?, aquí tenemos a la Pata, si no le caes con diez millones te la vamos a devolver pero en cachitos”.

Todo fue silencio. Los militares atónitos se veían unos a otros. Don Ernesto se hincó a rezar y  llorar inconsolable. Inocencio daba vueltas sin patrón alguno. Finalmente Rojas tomó su propio celular. En siete segundos de silencio que fueron los que le tomaron para contestar, Inocencio escuchó cómo Rojas pronunciaba la sentencia: “Señor, creo que vamos a necesitar otro ganador”.

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